Por Miguel Ángel García Romero
Carmen es una ópera francesa con música de Georges Bizet que se estrenó en 1875 y está basada en la novela del mismo nombre escrita por Prosper Mérimée, fue publicada en 1845 y llevada al cine en 2003 estelarizada por Paz Vega y Leonardo Sbaraglia en los papeles de Carmen y José respectivamente.
Aunque apegada a la historia original, la película tenía el compromiso de corresponder a la grandeza histórica de la novela y la ópera. Desde la escenografía hasta el vestuario, la producción y la forma en que el filme nos remite al siglo XIX es a toda luz impresionante, sin embargo mi atención y comentarios se posan en otro punto de atracción: la forma en que dos personalidades tan disímbolas dan soporte a la trama.
Carmen una mujer egoísta de arrogante belleza y con una maldad seductora aporta ese gancho de mágica lascivia que cautiva la pupila a lo largo de la historia. Del otro lado José, un joven bien portado, de conducta intachable y que por méritos propios había ascendido en el escalafón militar; con un perfil más bajo que el de la protagonista, era la víctima perfecta para ser depositario de todo lo que un corazón oscuro como el de Carmen puede causar.
Los desaires constantes de Carmen, su indiferencia, su falta de respeto hacia José le impidieron ver a la protagonista como el joven militar a medida que iba corrompiendo sus valores, también se iba infiltrando en su vida, algo que a la postre terminaría con ambos.
Como polos opuestos estos dos actores resultan los pilares perfectos de la trama, por un lado los ojos de Paz Vega encumbran su actuación atrapándonos en una suerte de morbo inevitable que provoca seguir de punta a punta la película, por el otro, la conducta de poco respeto hacia sí mismo que José asume al caer en las redes de Carmen son los hilos que van tejiéndose conforme avanza la obra y que pasean al espectador por sensaciones de impotencia, desesperación y rabia en un exquisito vaivén emotivo que desde una anónima butaca agradezco.
